Carmen, Dolores y Antonia son tres hermanas que sobrepasan los sesenta años. Viven en un barrio obrero de Jerez y tienen muchas cosas en común. Entre otras un hermano que, sin quererlo, las ha unido en muchas más. Juan, que así se llama su hermano, se casó con una mujer divorciada que aportaba cuatro hijos a la pareja. Ellos tuvieron tres hijas más, pero cuando las niñas eran muy pequeñas su madre dejó de atenderlas debidamente. Tanto que las vecinas de Juan, que vivía en otra parte de la ciudad, fueron a avisar a sus hermanas: O hacéis algo o la Junta se lleva a las niñas de vuestro hermano. “Nosotros habíamos notado que las niñas venían desarregladas y poco cuidadas cuando nos las traía Juan o su mujer. Aquí las bañábamos, les dábamos de comer y se las devolvíamos la mar de bien. Pero no sospechábamos que la cosa fuera tan grave”, relata Antonia.
“Por circunstancias de la vida, la mujer de mi hermano cogió un camino equivocado, y ese camino la llevó a olvidarse de su familia. Las niñas eran pequeñas. La mayor tenía cinco años, la del medio tres y la más pequeña tenía poco más de uno”, relata Dolores.
“Inmediatamente nosotras fuimos a por las niñas y fuimos a hablar con Servicios Sociales, aquí en Jerez. Al principio no nos hacían caso así que nos fuimos a Cádiz las tres con mi cuñado Juan, el marido de Dolores”, relata Carmen. Y Juan explica. “Como en Jerez no nos daban solución fuimos a atajar el problema de raíz. Llegamos a Cádiz y nos comprometimos a quedarnos cada familia con una niña porque las pobres estaban en un estado lamentable: mal nutridas, sucias, faltas de todo. Ellos nos pusieron en contacto con Márgenes y Vínculos que desde entonces nos han ayudado mucho”.
“¿Vamos a dejar que se lleven a estas niñas que son sangre de nuestra sangre? Pues no. Las niñas con nosotras. Es lo que dijimos las tres hermanas y es lo que hicimos”, relata Antonia.
La niña más pequeñita se quedó con Dolores, la que tenía tres años con Carmen y la mayor con Antonia. “Las niñas reaccionaron estupendamente porque desde que nacieron nos conocían. Las veíamos muchas veces en casa de los abuelos, que era un punto de reunión de toda la familia, y también venían a nuestras casas”, explica Antonia.
“La mayor, que tenía cinco añitos sí notó algo más el cambio pero rápidamente se adaptó a vivir con nosotros. Ella ya era muy madura porque en su casa era la que cuidaba de las pequeñas, la que las lavaba o les daba el biberón”, relata Dolores.
“Las hemos criado con mucha fatiga”, explica Carmen, que cuenta que su marido es un trabajador que al poco de acoger a las niñas se jubiló. Lamenta que la Junta de Andalucía nos les haya dado nunca ninguna ayuda económica, aunque afirma que eso no quita para que ella les haya dado a sus hijos y a su sobrina la mejor educación posible. “Cada uno tiene su responsabilidad. Cuando mi marido se quedó parado cobraba 400 euros y pico y así hemos tirado para adelante. No hemos tenido ayuda económica de ningún tipo, pero no lo hemos hecho mal”, agrega.
Carmen explica que las niñas han hecho todos los estudios con ellas. La menor entró en la guardería y la mayor en el colegio de educación infantil: “Ahora la mayor termina este año el bachillerato. Lleva unas notas estupendas pero le han denegado la beca a pesar de que saca sobresaliente en muchas asignaturas. La más pequeña de las hermanas estudia segundo curso de Educación Secundaria y la segunda tercero. Todas son niñas estudiosas y sólo Juana se ha dejado suspender este año en gimnasia y plástica”. “En el colegio nos decían que ni las niños que tiene a sus padres y sus madres iban tan limpias, preparadas y bien educadas como las nuestras”, recuerda Antonia.
Dolores, tía y madre acogedora de la más pequeña, tenía ya tres niños criados cuando su sobrina llegó a sus vidas con dieciocho meses. “No estaba ni apuntada en el médico y su madre, si la llevaba, decía el nombre de la mayor. La niña vino con muchas necesidades, pero aquí la hemos mimado. Yo tenía tres hijos, así que fue como si tuviéramos la hija que nos hubiera gustado tener. Uno de mis hijos es hoy capitán de barco, el otro abogado y el más pequeño electricista”, afirma. Y su marido, Juan, añade: “Nos hemos esforzado mucho por darles una buena educación y creo que lo hemos conseguido. Y lo mismo hemos intentado con la niña. Somos padres, teníamos experiencia cuando nos llegó la pequeña y la hemos criado igual que a nuestros hijos. Lo que yo quiero para mis hijos lo quiero para ella”.
Como las tres familias viven en el mismo barrio de Jerez el contacto entre las hermanas ha sido permanente. Todas han pasado por los mismos colegios. La mayor está ahora terminando el Bachillerato.
Antonia no tenía hijos, así que cuando se hizo cargo de su sobrina le cuidó como si la hubiera parido ella. “Yo no he tenido hijos, pero a la niña la he criado como si fuera mía. Me siento tan madre como la que más. Llegó con cinco añitos y ahora va a cumplir dieciocho”, añade.
Carmen se hizo cargo de la pequeña que tenía tres años. Cuenta que la pequeña tuvo algunos problemas en el colegio porque tenía las paletas muy salidas y los niños se reían de ella. “Fuimos a Servicios Sociales a Cádiz, les pedimos ayuda, luego pedimos un préstamo, se le arreglo la boca y se acabó el problema”, recuerda Carmen. “La niña es muy sociable. Cuando ella llegó a mi casa, de los cuatro hijos que yo tengo la menor tenía nueve. Ella se hizo como su madre, estaba todo el día pendiente de ella, me la vestía y me la trataba como si fuera una muñeca”, añade.
Juan asegura que las tres hermanas se han criado felices. “Aquí los asistentes sociales han tenido poco que hacer. Venían, veían cómo llevábamos la cosa y se iban porque poco tarea tenían”, añade. “Márgenes y Vínculos siempre ha estado dispuesto para nosotros. Cada vez que los hemos llamado han respondido. Siempre hemos tenido muy buena comunicación”, explica Juan.
Los padres biológicos de los niños tampoco han dado muchos problemas. “Ella se ha recuperado, se han casado y se han ido a vivir al campo, a Paterna. Nos están muy agradecidos y tenemos buena relación”, explica Dolores. “Los de Márgenes y Vínculos nos han ayudado a mantener una buena relación con los padres, nos han orientado y han acompañado a las niñas cuando van a visitarlos. Nosotros también vamos a las reuniones a las que nos convocan para darnos clases en la barriada España”, explica. “Sus padres les dan 20 euros todos los meses”, afirma Antonia. “Y ellas han ido a ver su padre cuando ha estado enfermo”, agrega Carmen.
Pese a la buena relación, las niñas tienen claro que no quieren volver con sus padres biológicos. La más pequeña de ellas, que ahora tiene catorce años y está presente en la entrevista, así lo asegura. “Yo mejor que donde estoy no voy a estar en ningún sitio”, afirma. Y Antonia añade: “Yo algunas veces le pregunto a la mía: ¿Tú cuando te vas a ir con tu madre? Y ella me responde: de aquí no me echas ni con agua caliente”.
“Es que estas niñas no han llorado ni una noche por su madre”, agrega Dolores.
Y Juan sentencia: “Las personas no nacen desgraciadas, se hacen. Por las circunstancias, por el cúmulo de adversidades que se te ponen por delante. Hay quien sabe sortearlas y hay quien no puede. Nosotros hemos ayudado a estas niñas porque es nuestra obligación y creo que lo hemos hecho bien. Pero igual que nosotros los hemos hecho bien, si estas niñas se hubieran quedado donde estaban, o las hubiera cogido otra gente, a lo mejor su final habría sido otro. Es cierto que la Administración debe estar pendiente, pero también nosotros somos necesarios”.

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